El arte y diseño fusionados



Cuando el arquitecto Fernando Vilariño y el diseñador de muebles Guillermo Maestre entraron por primera vez a este edificio de estilo francés en el corazón de Barrio Norte, dijeron: "Es acá". Llegaron hasta ahí por un aviso del diario que rezaba: "Departamento 200m2. Años 30. Con terraza". Para dar una idea del estado en que se encontraba, digamos que Fernando se hizo cargo de una reforma que tomó cinco meses de obra. Se modificó la distribución de los ambientes para maximizar el rendimiento espacial –sin que la intervención resultara extraña ni forzada – buscando que prevaleciera la idea de que la propiedad había sido concebida de esa manera. Así, cambiaron de ubicación la cocina y el lavadero, reasignaron funciones a dormitorios y comedor, se hizo un nuevo toilette y se dispuso un sector de huéspedes con su propio estar y kitchenette.
El resultado es una casa totalmente funcional, a la que se accede por un amplio hall cuyas paredes están pintadas de negro, una idea que les quedó en la cabeza luego de verla aplicada en una cripta europea. Allí se lucen dos obras de Antonio Berni, que atesoran como las dignas sobrevivientes de una colección de arte clásico de la que se fueron deshaciendo. Este ambiente conduce al living conectado, a su vez, con el comedor y la sala de TV, equipada con una biblioteca con sistema de home theatre y cómodos sillones. Los tres espacios, dispuestos en línea sobre el frente del edificio, cuentan con grandes ventanales a la calle. Para relacionarlos, se rectificaron las dimensiones de las arcadas y se logró la continuidad de los pisos de parquet. Por las dimensiones del nuevo hogar, pensaron en una decoración despojada, pero su afición por los viajes y los objetos terminó convirtiendo la casa en un reflejo de sus inquietudes culturales y estéticas y de un estilo de vida cosmopolita y contemporánea.
Los dueños de casa se hicieron una cocina con todas las de la ley, con un artefacto semiprofesional, muebles diseñados y realizados especialmente por Guillermo y una mesada con península de 90cm de profundidad que, al igual que los pisos, es de piedra iura alemana. En el segundo nivel, el dormitorio principal hoy es una suite con amplio vestidor, mientras que el cuarto de huéspedes funciona también como el escritorio del que surgen proyectos y viajes. Allí hay más objetos y cuadros. Fernando y Guillermo cuenta que, a su afición, se suma la voluntad de clientes y amigos, que siguen sumando piezas. En materia de arte, no consideran que las obras conformen una colección sino, más bien, un grupo modesto, compuesto mayormente por el trabajo de fotógrafos y pintores del consorcio de arte de Alejandra Frida Laurenzi (que reúne nombres como Gerardo Feldstein y Andrés Barragán) y de artistas argentinos jóvenes en general. Por ejemplo, el cuadro de Tomás Espina, en el comedor, fue parte de pago por un trabajo; el acrílico de Milo Lockett, una compra hecha hace años en ArteBa; la obra de Gachi Hasper, un préstamo con el que se encariñaron, y así... Con espontaneidad y sin pretensiones, fueron dando vida y belleza al lugar que hoy es su hogar.